No resisto la tentación de volver a mis andadas madrileñas relatando otra de las tantas anécdotas referidas a la capital de España.
Como os contaba, los musulmanes edificaron el Alcazar como fortaleza estratégica para parar el acoso cristiano a la ciudad de Toledo. Sin embargo, en el año 1085 la plaza de Mayrit (Madrid) es tomada por los cristianos y la fortaleza pasa a ser lugar de residencia de los nuevos jerifaltes y posteriormente de la casa de los Trastámara. Pero solo con Carlos I y Felipe II se amplía el recinto hasta convertirlo en el Gran Alcazar. No contento con ello, Felipe II y dada su afición desmesurada por la caza, decide unir su Palacio a los bosques del Escorial.
¿Y qué brillante idea se le ocurre a nuestro querido Habsburgo?
Ni más ni menos que comprar, expropiar y recibir obsequiadas todas las tierras de labranza que ocupaban las más de 400 hectáreas que existían desde el Palacio hasta los bosques del Pardo; de allí hasta El Escorial el arbolado se extendía sin fin.
Y todas esas tierras agrícolas las manda convertir en bosque, lo que ahora se denomina Casa de Campo. A partir de ese momento, don Felipe partía a galope tendido y en busca de sus presas desde las puertas de palacio hasta su magna silla petrea en los alrededores del Palacio del Escorial.

