Traducido del artículo de Jonah Lehre. Foto de Mudpig.
La ciudad ha sido siempre un motor para la vida intelectual, desde los cafés del siglo XVIII en Londres, donde los ciudadanos se reunían para discutir química y política radical, a los bares de la margen izquierda del París moderno, donde Pablo Picasso peroraba sobre el arte moderno. Sin la metrópoli, no se habría aparecido el gran arte de Shakespeare o James Joyce; incluso Einstein se inspiró en los trenes en los que viajaba cada día para ir al trabajo.
Y, sin embargo, la vida de la ciudad no es fácil. Los mismos cafés de Londres que estimularon a Ben Franklin también colaboraron a difundir el cólera; Picasso al final terminó comprándose una finca en la tranquila Provenza. Así como la ciudad moderna puede ser un santuarío para los dramaturgos, poetas, y físicos, también es un lugar profundamente abrumador y antinatural.
Ahora los científicos han comenzado a examinar la forma en que la ciudad afecta al cerebro, y los resultados son un tanto desalentadores. Han descubierto que el mero hecho de estár en el medio urbano menoscaba nuestros procesos mentales básicos. Después de pasar unos minutos en una concurrida calle de la ciudad, el cerebro pierde capacidad de retener cosas en la memoria, y se disminuye el auto-control. A pesar de que hace bastante tiempo que se reconoce que la vida de la ciudad es agotadora – esta es la razón por la que Picasso abandonó París - esta nueva investigación sugiere que las ciudades realmente embotan nuestro pensamiento, y a veces de forma espectacular.
"La mente es una máquina limitada", dice Marc Berman, un psicólogo de la Universidad de Michigan y autor principal de un nuevo estudio que mide el déficit cognitivo causado por un corto paseo urbano. "Y estamos empezando a comprender las diferentes maneras en que una ciudad puede sobrepasar esas limitaciones".
Una de las principales influencias es la marcada falta de naturaleza, y resulta que los beneficios que la naturaleza puede aportar al cerebro son sorprendentes. Los estudios han demostrado, por ejemplo, que los pacientes hospitalizados se recuperan con mayor rapidez cuando pueden ver árboles desde sus ventanas, y que las mujeres que viven en viviendas públicas tienen más capacidad de concentración si su apartamento da a un jardín. Incluso estos fugaces vistazos de la naturaleza, mejoran el rendimiento del cerebro, y parece ser que esto es debido a que proporcionan un descanso mental de las molestias urbanas.
Esta investigación llega justo cuando la humanidad acaba de alcanzar un hito importante: por primera vez en la historia, la mayor parte de las personas residen en las ciudades. Para una especie que evolucionó a vivir en pequeñas tribus de primates en la sabana africana, este tipo de migración marca un cambio dramático. En lugar de habitar en espacios abiertos, estamos hacinados en junglas de hormigón, rodeado de taxis, tráfico, y millones de desconocidos. En los últimos años, ha quedado claro que dicho ambiente no natural tiene importantes consecuencias para nuestra salud mental y física, y puede alterar poderosamente nuestra forma de pensar.
Esta investigación también está llevando a algunos científicos a interesarse en el diseño urbano, ya que buscan formas de hacer la metrópoli menos perjudicial para el cerebro. La buena noticia es que incluso pequeñas alteraciones, tales como plantar más árboles en el centro de la ciudad o la creación de parques urbanos con una mayor variedad de plantas, pueden reducir significativamente los efectos secundarios negativos de la vida de la ciudad. La mente necesita la naturaleza, e incluso un poco de naturaleza, puede ser de gran ayuda.
Considera cuántas cosas tiene que tener en cuenta tu cerebro mientras caminas por una concurrida vía, como la calle Newbury. Las aceras están abarrotadas de distraídos peatones que hay que evitar; cruces peligrosos que requieren que el cerebro examine el flujo del tráfico, (el cerebro es una máquina cautelosa, siempre en busca de posibles amenazas), además de la confusa red urbana, que obliga a la gente a pensar continuamente sobre a dónde quiere ir y cómo llegar.
La razón por la que estas tareas mentales, aparentemente triviales, nos dejan agotados es que explotan uno de los principales puntos débiles del cerebro. Una ciudad está tan llena de estímulos que constantemente tenemos que reorientar nuestra atención para que no se distraiga con cosas irrelevantes, como un letrero de neón que parpadea o la conversación del móvil del pasajero cercano en el autobús. Este tipo de percepción controlada – decirle a la mente a qué prestar atención y a qué no - requiere energía y esfuerzo. La mente es como un potente superordenador, pero el hecho de prestar atención consume gran parte de su poder de procesamiento.
Los entornos naturales, sin embargo, no requieren la misma cantidad de esfuerzo cognitivo. Esta idea se conoce como teoría de restauración de la atención, (ART), y fue desarrollada por primera vez por Stephen Kaplan, un psicólogo de la Universidad de Michigan. A pesar de que se sabe hace ya bastante tiempo que la atención humana es un recurso escaso – si te concentras en algo por la mañana se hace más difícil concentrarse por la tarde - Kaplan tiene la hipótesis de que la inmersión en la naturaleza podría tener un efecto restaurador.
Imagináte un paseo por Walden Pond, en Concord. Los bosques que rodean el estanque están lleno de campos de pino y nogales. Pájaros carboneros y halcones de cola roja anidan en las ramas, y ardillas y conejos buscan bayas en los arbustos. Los entornos naturales están llenos de objetos que automáticamente capturan nuestra atención, pero sin que generen una respuesta emocional negativa - a diferencia de, por decir algo, un coche dando marcha atrás. El mecanismo mental que dirige la atención pueden relajarse profundamente, reponerse a sí mismo.
"No es una casualidad que Central Park esté en el centro de Manhattan", dice Berman. "Necesitaban poner un parque allí".
En un estudio publicado el mes pasado, Berman equipó a estudiantes de la Universidad de Michigan con navegadores GPS. Algunos de los estudiantes pasearon por un un bosquecillo, mientras que otros caminaban por la calles del centro de la ciudad Ann Arbor.
Después realizaron una batería de tests psicológicos. La gente que había caminado por la ciudad tenía peor estado de ánimo y una puntuación significativamente más baja en una prueba de atención y memoria, que requería repetir una serie de números hacia atrás. De hecho, sólo echar un vistazo a una fotografía de escenas urbanas creaba a deficiencias perceptibles, al menos comparando con imágenes de la naturaleza.
"Vemos la imagen de la calle, y automáticamente nos imaginamos lo que es estar allí", dice Berman. "Y ahí es cuando la capacidad de prestar atención empieza a sufrir".
Esto también ayuda a explicar por qué, según varios estudios, los niños con trastorno de déficit de atención tienen menos síntomas en entornos naturales. Cuando están rodeados de árboles y animales, son menos propensos a tener problemas de comportamiento y son más capaces de concentrarse en una tarea en particular.
Algunos estudios han encontrado que incluso un mísero pedazo de naturaleza puede conferir beneficios. A finales de los 90, Frances Kuo, director del laboratorio de paisajismo y salud humana de la Universidad de Illinois, empezó a entrevistar a mujeres residentes en las casas de Robert Taylor, un gran proyecto de viviendas en la parte sur de Chicago.
Kuo y sus colegas compararon mujeres asignadas al azar a varios apartamentos. Algunas sólo veían una extensión de cemento, el asfalto negro de los aparcamientos y las canchas de baloncesto. Otras veían césped, árboles y flores. Kuo comparó los dos grupos en una variedad de pruebas, desde pruebas básicas de atención hasta estudios que examinaban cómo estas mujeres se enfrentaban a los principales desafíos de su vida. Se dio cuenta de que las que vivían en un apartamento con “vistas verdes” mostraban una superioridad considerable en todas las categorías.
"Hemos construido un mundo que siempre tira de la misma reserva mental ", dice Kuo. "Y luego nos sorprendemos cuando [después de haber pasado tiempo en la ciudad] no nos podemos concentrar en casa".
La densidad de la vida de la ciudad no sólo hace más difícil la concentración; también interfiere con nuestro auto-control. En ese paseo por Newbury, al cerebro también le asaltan tentaciones – café con leche con caramelo, iPods, suéteres de cachemir en rebajas, y zapatos de tacón. Resistir estas tentaciones nos obliga a accionar de la corteza prefrontal, un nudo del cerebro justo detrás de los ojos. Lamentablemente, esta es la misma área del cerebro que es responsable de dirigir la atención, lo que significa que ya está agotado de caminar por la ciudad. Por eso, es menos capaz de ejercer control sobre sí mismo, lo que significa que es más probable que acabemos derrochando comprando un café y unos zapatos que no necesitamos. Al cerebro humano, que posee increíbles poderes de cálculo, es sorprendentemente fácil crearle un corto-circuito: todo lo que se necesita es una agitada calle de ciudad.
"Creo que las ciudades ponen de manifiesto la fragilidad de algunas de nuestros funciones mentales elevadas", dice Kuo. "Damos por hecho estos talentos, pero realmente necesitamos protegerlos".
Otras investigaciones relacionadas con esta han demostrado que el aumento de "sobrecarga cognitiva" - como las demandas mentales de estar en una ciudad – hacen que mucha gente tenga más probabilidades de elegir tarta de chocolate en vez de ensalada de frutas, o tomarse un aperitivo poco saludable. Este es el doble golpe de la vida en la ciudad: a la vez de rodearnos de tentaciones (desde comercios de comida rápida a tiendas de ropa de lujo) trastorna nuestra capacidad de resistirnos a ellas. El resultado final son demasiadas calorías y demasiadas deudas en las tarjeta de crédito.
La vida de la ciudad también puede conducir a la pérdida de control emocional. Kuo y sus colegas encontraron menos violencia doméstica en los apartamentos con vistas a la naturaleza. Estos datos corroboran trabajos anteriores que demostraban cómo algunos aspectos del medio ambiente urbano, como el hacinamiento y el ruido imprevisible, también puede conducir a un aumento de los niveles de agresión. Un cerebro cansado, agotado por los estímulos de la vida de la ciudad, tiene más probabilidades de perder los estribos.
Mucho antes de que los científicos nos advirtieran sobre el empobrecimiento de las cortezas prefrontales, filósofos y arquitectos paisajistas alertaron sobre los efectos de la ciudad pura y dura, y buscaron formas de integrar la naturaleza en la vida moderna. Ralph Waldo Emerson aconsejó a la gente a "adoptar el ritmo de la naturaleza", mientras que el arquitecto paisajista Frederick Law Olmsted trató de crear vibrantes parques urbanos, como el Central Park de Nueva York y el Emerald Necklace en Boston, que permitió a las masas escapar de la vorágine de la vida urbana.
Aunque Olmsted se esmeró en el diseño de parques con una variedad de hábitats y entornos botánicos, la mayoría de las zonas verdes urbanas son mucho menos diversas. Esto se debe en parte a la "hipótesis de la sabana", que sostiene que la gente prefiere paisajes abiertos que se asemejen a los paisajes del África en los que evolucionamos los humanos. Con el tiempo, esta hipótesis ha conducido a una proliferación de grandes céspedes en la ciudad, salpicados por unos pocos árboles y campos de juego.
Sin embargo, estas parques estilo sabana son en realidad los menos beneficiosos para el cerebro. En un trabajo reciente, Richard Fuller, un ecologista de la Universidad de Queensland, ha demostrado que el beneficio psicológico de los espacios verdes están estrechamente relacionadas con la diversidad de su vida vegetal. Cuando una ciudad tiene un parque con gran variedad de árboles, la gente que pasa tiempo en el parque obtiene resultados más prometedores en diversas pruebas de bienestar psicológico, al menos comparado con parques menos biodiversos.
"Nos preocupamos mucho sobre los efectos que tiene urbanizar para otras especies", dice Fuller. "Pero nosotros también estamos afectados por ello. Por eso es tan importante invertir en espacios que nos proporcionen algo de alivio".
Cuando un parque está bien diseñado, puede mejorar la función del cerebro en cuestión de minutos. Como demuestra el estudio de Berman, el sólo mirar a un escenario natural puede dar lugar a mayores puntuaciones en las pruebas de atención y memoria. Al mismo tiempo que se buscan todo tipo de maneras para mejorar el rendimiento cognitivo, desde el dopaje con Red Bull al rediseño de la estructura de las oficinas, parece que muy pocos de estos medios son tan eficaces como un simple paseo por un lugar natural.
Dada la multitud de problemas mentales que se ven agravados por la vida de la ciudad, desde la incapacidad para prestar atención a la falta de auto-control, la pregunta sigue siendo: ¿Por qué las ciudades siguen creciendo? ¿Y por qué, incluso en la era electrónica, siguen perdurando como los manantiales de la vida intelectual?
Una investigación reciente llevada a cabo por científicos del Instituto de Santa Fé utiliza una serie de complejos algoritmos matemáticos para demostrar que las mismas características urbanas que provocan fallos en la atención y la memoria - las calles, la aplastante densidad de personas - también se correlacionan con la innovación, dado que los extraños interactúan entre sí de manera imprevisible. Según los científicos, es la "concentración de interacciones sociales" la que es responsable en gran medida de la creatividad urbana. La densidad del Londres del siglo XVIII pudo haber provocado brotes de enfermedades, pero también dio lugar a avances intelectuales, del mismo modo que la densidad de Cambridge - una de las ciudades más densas de América - contribuye a su éxito como centro creativo. Un corolario de esta investigación es que las zonas urbanas menos densas, como Phoenix, podrían, con el tiempo, generar menos innovación.
Por ello, la clave está en encontrar formas de mitigar los daños psicológicos de la metrópolis, mientras que se preservan su beneficios únicos. Kuo, por ejemplo, no se describiría a sí misma como "una amante de la naturaleza”, pero ha aprendido a buscar entornos más naturales: los bosques se han convertido en un tipo de medicamento. Como resultado, ella está en mejores condiciones para hacer frente a las tensiones de la vida de la ciudad, a la vez que sigue pudiendo disfrutar de sus muchos placeres y beneficios. Porque siempre llega un momento, como cantaba Lou Reed, en el que una persona puede tener ganas de decir:
"Estoy harto de los árboles,
llevadme a la ciudad".
Jonah Lehrer es el autor del nuevo libro "¿Cómo decidimos?" Su primer libro fue "Proust era un neurocientífico." Es colaborador habitual de Ideas.


