Septiembre 2009. Delante de nosotros un enorme camión Ashok Leyland inicia el adelantamiento de una motocicleta que lleva a una familia entera en su alargado sillín; al mismo tiempo, la motocicleta adelanta a un carro cargado de hierba y tirado por dos bueyes blancos de larga cornamenta. Bienvenidos a la India rural.
El camino desde Bangalore hasta Anantapur es una continuidad de cambios de carril y de tipos de carretera, una profusión de baches y obstáculos donde los carteles indicativos brillan por su ausencia. Nos miramos intentando entender cómo el conductor sabe escoger la dirección que tomar. Acabamos de llegar, y aún tenemos que ponernos el chip de India, un lugar donde no valen nuestros parámetros.
Anna Ferrer nos recibe en el despacho que Vicente ocupó día a día los últimos veinticinco años, dominado por una mesa de escritorio y algunos muebles antiguos, y decorado por algunas fotos, dibujos infantiles y mapas del distrito de Anantapur. Hablamos con ella como viejos conocidos, con una familiaridad que no deja de impactarnos.
- "El día del funeral en Santa María del Mar hacía un calor terrible, mucho peor que aquí en Anantapur", va comentando con su fuerte acento británico, "¿habéis visto ya su tumba? Ha quedado preciosa. Sencilla, tal como quería Vicente".
Al día siguiente podemos comprobar la extrema sencillez del enterramiento. En un terreno anexo al Hospital de Bathalapalli, un área cubierta por toldos protege del sol el túmulo cubierto de pétalos frescos de color naranja. La tumba está presidida por una cruz de madera con una placa metálica donde esta inscrito su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte. Apoyad en la cruz, un retrato a color al que han puesto el tikka de color rojo en el lugar en que, según la tradición hinduista, se encuentra el tercer ojo. A los pies una urna de cristal con una puertecita protege del viento la frágil llama de una vela y de las barritas de incienso que quemamos en su memoria. La tumba se encuentra rodeada solamente por unos pies metálicos que sujetan une cuerda roja que delimita su perímetro. Un guarda de seguridad la custodia. Silencio. Solamente oímos el viento haciendo vibrar los toldos que dan sombra a ese pedazo de tierra roja.
- "Nuestras familias nos necesitan. No tenemos tiempo para estar llorando". Anna nos mira con una presencia dulce y fuerte, desde unos ojos azules cansados por una larga jornada. Su presencia es poderosa. Nos infunde Amor y Respeto, como una madre a la que abrazar.
Su labor junto a Vicente se encuentra profundamente arraigada en el inhóspito Anantapur, ese lugar apartado al que decidieron entregarse hace más de cuarenta años con el objetivo de recuperar la dignidad de los más desfavorecidos.
India es un complejísimo puzzle de extraordinarias proporciones, y Anantapur solamente una pieza que forma ese todo. Para nuestra mentalidad y cultura occidental, intentar comprender esa amalgama de historia, cultura, lenguas, religión, tradiciones y política, sería objeto de estudio durante varias vidas. Vicente tomó el camino de en medio: ante la pobreza, sólo la Acción Buena puede mitigar el sufrimiento humano. Y ese objetivo es tan poderoso, que merece la total entrega.
La sensación de Realidad es tan poderosa y densa como el aire ardiente que se respira al salir del coche.
Cuando me preguntan por cómo es India, siempre suelo decir la misma frase: "su realidad es tan Real que hace que sientas que tu vida es irreal, y que cuando vuelves a casa todo te parezca un enorme parque temático, muy bien acabado y con todo lujo de detalles, pero en el fondo vacío de contenido y de Sentido".
Ahora mismo, mientras escribo esto, se que a poco más de siete mil kilómetros de distancia y tres horas y media de diferencia horaria, allí, en este mismo instante, Anna estará en el despacho repasando los trabajos del día, otros muchos trabajadores de la Rural Development Trust estarán llegando a casa en autorickshaw, y nuestras familias seguirán ganando un puntito pequeño de autoestima y esperanza. Anochece en Anantapur. Mañana será otro día.
-"Muchas de las personas que nos visitan, antes de regresar a España hablan conmigo y me dicen 'Anna, queremos hacer más cosas, queremos ayudar, ¿Qué podemos hacer?' y yo siempre les contesto lo mismo: Para comenzar a caminar solamente hay que dar un paso. Un primer paso".
Colabora activamente con diversas ONG como la Fundación Vicente Ferrer, Sonrisas de Bombay, Intermon Oxfam o ONE.org.
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