"El vacío no llega lentamente, no llama a la puerta para preguntarte si es bienvenido; “Buenas… soy el vacío, ¿puedo pasar?”. De repente caí en él bruscamente, como si una mano invisible me empujara. Una vez dentro, todos tenemos la tendencia de querer huir, solo por la simple idea de que va a ser insoportable. Una zozobra me empezó a invadir, no reconocía dónde estaba, qué era lo que se movía en mi interior, como si un ser fuera de mí, un alien, me invadiera y quisiera quitármelo de mi interior sin tener ni idea de cómo expulsarlo. A veces me visitaba la tristeza, amiga inseparable del vacío, y me daba pellizcos en el corazón para que llorara. […] Caí en la “nada”, nada por aquí, nada por allá, nada por dentro, nada por fuera, pero sin chistera, sabiendo que no saldrá por arte de magia ningún conejito blanco ni un ramo de flores de plástico. Vacío, total y absoluto vacío. En nuestra cultura, la nada es la inconsciencia, para evitar ese vacío llenamos el hueco de forma artificial con toda clase de compensaciones excesivas y lo evitamos por completo.
Y nada llenaba ese vacío tan inmenso que sentí, ni las lágrimas que salían disparadas cuando venía a tomar té la tristeza, ni la agenda repleta de actividades, si es que estaba en esa etapa de euforia. Me movía en ese lugar emocional como podía, torpe. A veces, también venía a visitarme, sin previa tarjeta de presentación, el enfado, se mentía en mi mente y me torturaba con frases como “siempre estoy igual”, “no me entiendo, no avanzo”, “qué asco de vida”. Ahí estaba el vacío, mirándome descarado: “¿creías que podrías escaparte de mí?”. Aunque duro, durísimo, solo es un proceso, transcurso. Es un impasse entre un punto y otro, porque solo dándonos cuenta de lo que estamos transitando, viviéndolo sin especular, sin análisis comparativos, nos vamos hacia el otro punto extremo, el vacío fértil. Hemos sembrado la semilla que luego recogeremos. Hemos muerto para volver a nacer.
Yo andaba viviendo intensamente ese proceso, dejé de negarlo, de resistirme, me percaté de todo lo que sentía y lo acepté. Incluso llegué a aceptar lo mucho que necesitaba los abrazos de Pablo, que se resistía a dejarme tranquila y seguía insistiendo en mandarme mensajes para que volviera. Hubiera sido muy fácil sucumbir a él, además era mi especialiad reptar cual serpiente pitón arrastrándome por el suelo y mirarle desde lo más bajo, pero también había aceptado que ya nada cambiaría entre nosotros dos, que lo único que teníamos en común era la adicción a nuestras pieles y besos. Y que volver, aunque solo fuera para calmar mi desespero momentáneo, hubiera sido un error. […]
La apatía me inundaba… “vete ya, que no te quiero más…”, y a veces me asaltaban unas ganas locas de salir corriendo de esa angustia vital, de esa soledad que hacía que me doliera hasta la piel, Pero me mantuve firme, sí señor, y cuando el vacío total me abofeteó sin piedad, yo le ofrecí la otra mejilla".
Una mujer corriente. Araceli Gutiérrez. Luciérnaga Nova