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Epidemia, crónica desde México

Imagen 2 Por Manuel Bermejo
DIRECTOR DE PROGRAMAS PARA LA ALTA DIRECCIÓN DE IE BUSINESS SCHOOL

Jueves  23 de abril, día del libro, llego a México a presentar el mío. Me espera un chofer de nombre ilustre, Dante. Dante no aparece. Mal presagio. Al rato, aparece Bertín, su hermano. Todo en orden. Para Bertín, como para tantos compatriotas, todo es pinche: pinche tráfico, pinche obra en reforma, pinche calor, pinche lluvia, pinches gringos… Bienvenido al DF. Atiendo a medios de comunicación, doy una conferencia. Conversaciones recurrentes. La crisis internacional. El narco. Obama. La situación en España. Yo le doy al Real por Hugo Sánchez. Y yo al Barcelona, por Rafa Márquez.

Jueves noche. Tratamos de cenar en Santa Fé, el moderno distrito donde las empresas y gentes prósperas han ido estableciéndose buscando el confort que ya no se encuentra en el centro. Aforo completo. Con influencia (no es juego de palabras) encontramos una mesa. 23,30, un email: “avisaron que cerraron las escuelas y las universidades mañana por epidemia de influenza”. No parece que pase gran cosa. Corre el tequila, el mexcal, la pacífico bien fría.

Viernes 24. La vida aparentemente igual. Desayuno de trabajo. Le pregunto al joven limpiabotas que me “da bola” por la epidemia. Es cosa de los políticos, yo sigo a mi chamba. 12,00 cita en la Universidad Iberoamericana. Un guarda de seguridad nos dice que allí no han dejado entrar a nadie, no hay nadie, que nos marchemos. 14,00 almuerzo. Otro email: “decidieron cerrar la escuelas y universidades hasta nueva orden, el Presidente va a dar un discurso a la nación”. No hay discurso, pero cancelan conciertos de rock, ferias, eventos varios, se mantiene el cine y el teatro pero se devolverá el dinero de las entradas a quien decline acudir, las misas ofrecerán un nuevo formato adaptado a la ocasión,  el fútbol en la ciudad se dará pero sin público. Internet y la CNN son implacables. Vuelan las noticias. Vuelan los emails desde España reclamándome información y que salga de allí. Empieza a cundir cierto pánico.


Sábado 25. Todo el personal del hotel aparece equipado con sus mascarillas azules. Ya no hay sonrisas amables. Deambulan como zombis. Se suceden los emails que te hacen entender la magnitud del asunto: disculpa Manuel que cancelemos la reunión/almuerzo/cena pero mi esposa, yo creo que no es para tanto, ha decidido llevarse los niños a Miami o al rancho de Valle (de Bravo),o… Yo creo que no es para tanto pero los mismos restaurantes que el jueves rebosaban gente ahora están vacíos. Pregunto en la farmacia: esto es cosa de los políticos, hay vacunas pero sólo para ricos. Yo entendí por los telediarios que no hay vacuna. Quién sabe! Uso mi mascarilla y me lavo las manos a cada rato. Trato de ni toser, vaya a ser que me pongan en cuarentena. Ya no crisis, ni narcos, ni obamas, ni real, ni barça,… Llego al aeropuerto en apenas 25 minutos cuando lo habitual es una hora sino dos. Llegada a Madrid. A bombo y platillo anuncian la entrada de la autoridad sanitaria española para rellenar un formulario y ofrecer recomendaciones.

Entra la autoridad. Las recomendaciones de la Señorita Pepis: si te encuentras mal, ve al médico de cabecera.

Sensaciones apocalípticas: para galopante, crisis cuyo fin no se vislumbra, virus nunca visto, epidemia, pandemia… ¿qué será lo siguiente? El ser humano, tan poderoso y tan frágil a la vez. Conquistamos el universo pero nos hace temblar un virus. Pensemos.

Foto: Ia7mad

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